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Su linaje era de origen plebeyo, pero ilustre. Su antepasado Publio Licinio Craso fue pontífice máximo y cónsul en 205 a.C. junto con Escipión el Africano, el vencedor de Aníbal, y fue apodado Dives, «el Rico». La familia se había integrado en la nobilitas, la aristocracia compuesta por patricios y plebeyos de la que se nutrían las filas de la clase política, pero su fortuna menguó considerablemente. Plutarco cuenta que la casa del padre de Craso era modesta y que él y dos hermanos suyos, ya casados, comían en la misma mesa. Craso, que se casaría con la viuda de uno de estos hermanos, mantendría toda su vida unos hábitos frugales que contrastaban llamativamente con los ostentosos derroches de otros patricios.

El padre de Craso desarrolló una destacada carrera política, que le llevó a ser nombrado cónsul en el año 97 a.C. y censor en 89 a.C. Esto provocó que se viera envuelto en las luchas por el poder en esos años. En 87 a.C., Sila dio un golpe de Estado y ocupó Roma militarmente, pero cuando partió a luchar en Oriente contra Mitrídates, sus rivales, Cina y Mario, tomaron el control de la ciudad y lanzaron una feroz persecución contra los partidarios de Sila. Entre éstos se encontraba el padre de Craso, que se suicidó; uno de sus hijos también murió a manos de los nuevos dueños de Roma.marco-licinio-craso


Su fortuna – El hombre más rico de Roma

Craso logró abandonar Roma, donde su vida corría peligro, y se refugió en Hispania. Temeroso de que incluso allí pudieran capturarlo, se escondió durante ocho meses en una cueva cerca de Málaga, junto con tres amigos y diez esclavos. Un cliente de su familia le llevaba la comida y también le procuró la compañía de dos esclavas. Craso únicamente volvió a Roma cuando Cina fue asesinado, en 84 a.C. Sin duda, esta experiencia traumática marcó su carácter y quizá fomentó en él, como un modo de resguardarse frente a los enemigos, la avaricia y la codicia que tantos le censuraron.

El acceso al poder de Lucio Cornelio Sila tras el asesinato de Cina devolvió a Craso la libertad perdida y lo situó en un lugar preferente de la política. Ahora, los perseguidos eran los de la facción enemiga. Contra ellos Sila aplicó el procedimiento de la proscripción: la inscripción en una lista pública de las personas declaradas fuera de la ley, a las que cualquiera podía matar y cuyas propiedades eran confiscadas. Nada menos que 40 senadores, 1.600 caballeros y 4.000 ciudadanos sufrieron esta condena. La subasta de sus bienes atrajo a muchos compradores en busca de oportunidades, entre ellos Craso.

Refiere Plutarco que:

«cuando Sila se apoderó de la ciudad y puso a la venta las propiedades de los que iban pereciendo a sus manos, ya que las consideraba y denominaba botín y quería que la mayoría de los notables compartieran este sacrilegio, Craso no se abstuvo de coger ni de comprar».

Así fue como Craso empezó a participar de un colosal y lucrativo negocio: la expropiación, incautación y compra de propiedades urbanas de ricos ciudadanos a precios irrisorios; éste fue el origen de su fortuna. 002023a_2000x2000

El negocio del ladrillo

Craso se aprovechó de otra medida de Sila: el nombramiento de 300 senadores más entre los caballeros, los equites, la clase empresarial y de negocios, con lo que la curia pasó a tener 600 miembros. Estos nuevos senadores necesitaban cultivar una imagen noble y digna y se mostraron muy interesados por las grandes mansiones y fincas de los senadores caídos en desgracia. Al modo de un avezado promotor inmobiliario, Craso les revendió las mansiones requisadas con un gran margen de beneficio.

Otra estrategia de Craso subraya aún más su imagen de negociante sin escrúpulos. Plutarco lo expone con nitidez:

«Como veía que los incendios y los derrumbamientos de casas eran un mal endémico e inevitable en Roma –debido a que los edificios eran muchos y muy pesados–, se dedicó a comprar los edificios incendiados y los próximos a éstos, pues los propietarios se los cedían a bajo precio a causa de su temor e incertidumbre; de manera que la mayor parte de Roma estaba en sus manos».

Al mismo tiempo, creó un equipo de quinientos esclavos arquitectos y constructores para apuntalar los edificios y desescombrar las parcelas, y luego alquilaba o vendía las viviendas. No hacía edificios nuevos, pues aseguraba que «los aficionados a la construcción se arruinan ellos mismos sin necesidad de enemigos».

Esclavista y usurero

Craso poseía también haciendas en Roma y en la península Itálica así como minas de plata, tal vez en Hispania.

Pero, según Plutarco:

«todo esto no era nada en comparación con el valor de sus esclavos».

Craso se preocupó personalmente de que recibieran una formación especializada en tareas diversas –«lectores, escribas, plateros, administradores, camareros…»– y les confió cada tarea con autonomía, entendiendo que ése era el mejor modo de rentabilizarlos, aunque consciente de que él mismo debía controlarlos a todos. Los esclavos le sirvieron como bienes preciados y liquidables, y para llevar la gestión de su emporio.

Gracias al inmenso capital que amasó, Craso actuó también como prestamista. Generalmente cobraba intereses altísimos, pero tenía a gala perdonárselos a sus amigos, aunque cuando vencía el plazo del préstamo reclamaba su devolución con gran dureza, tanto que «el don resultaba más oneroso que una gran cantidad de intereses», dice Plutarco. Los préstamos eran también un medio de ganarse aliados políticos; de ahí, por ejemplo, los 830 talentos que prestó a Julio César en los inicios de su carrera política. craso-muerte-644x362

Pese a su codicia, Craso supo ganarse el favor popular para lograr sus objetivos electorales. Cuando en el año 71 a.C. fue elegido cónsul, tras su éxito en la represión de la revuelta de Espartaco el año anterior, quiso mostrarse especialmente pródigo:

«Consagró a Hércules el diez por ciento de sus bienes –explica Plutarco–, ofreció un banquete al pueblo y de sus propios fondos procuró a cada romano una provisión de grano para tres meses».

Esta generosidad le ayudó a conseguir los votos necesarios para ser elegido censor, cargo que desempeñó diplomáticamente: no revisó ni censuró a senadores, caballeros ni a ciudadanos.


La guerra con Espartaco

Hubo otros rebeldes que se alzaron en armas contra el poder del pueblo y el Senado de Roma, pero ningún caudillo popular logró la fama de Espartaco, que en tan sólo dos años derrotó nueve veces a las legiones romanas. El Senado, alarmado por tamaña serie de derrotas, en un gesto inaudito, no sólo envió contra los rebeldes diez legiones al mando del implacable y ambicioso Craso, sino que, recelando un nuevo fracaso, reclamó el regreso urgente a Italia de los ejércitos de sus dos mejores generales, Pompeyo y Lúculo, para acabar con Espartaco. Todo empezó con una revuelta en la escuela de gladiadores de Léntulo Batiato en Capua, en la primavera o el verano del año 73 a.C. De los doscientos esclavos sublevados fueron setenta los que lograron huir. Eran tracios, celtas y germanos, seleccionados y entrenados para los combates en el circo. Apenas tenían armas, pero eran fuertes y sabían combatir. Prefirieron arriesgarse a morir luchando por su libertad que en la arena circense. Designaron como jefes al tracio Espartaco y a dos celtas, Criso y Enómao. Marcharon hacia el sur, se fueron armando y saquearon campos y aldeas. Se les sumaron esclavos, desertores y gentes empobrecidas, atraídos por la generosidad de Espartaco, que repartía el botín de los saqueos de modo igualitario, y buscaron refugio en las laderas verdes y escarpadas del Vesubio.gladiadores-fondo-3

Después de innumerables escaramuzas, en Abril del año 71 a.C. Craso y Espartaco entraron en una gran batalla campal. El combate fue extraordinariamente encarnizado. Espartaco avanzó sembrando muerte a su paso, dirigiéndose tal vez hacia donde se encontraba Craso. Pero cayó heroicamente con múltiples heridas y su cadáver quedó irreconocible entre los montones de muertos. Craso obtuvo una aplastante victoria. Para conmemorarla y para escarmiento de cualquier rebelde, mandó crucificar a los seis mil prisioneros supervivientes a lo largo de la vía Apia, que iba de Capua hasta Roma. Numerosos fugitivos trataron de escapar hacia el norte, pero se toparon, ya en Etruria (es decir, en la Toscana), con el ejército de Pompeyo, que aprovechó la ocasión para aniquilarlos y adjudicarse un nuevo timbre de gloria. Luego se jactaría de haber sido él quien puso punto final a la guerra: «Craso había derrotado a los esclavos fugados en una batalla, pero él, Pompeyo, había destrozado las raíces de la guerra», haciendo así sombra a los méritos de su rival político. Aunque Craso había logrado derrotar y matar a Espartaco en medio año, de otoño de 72 a.C. a abril de 71 a.C., no pudo monopolizar la victoria. Este último año, Pompeyo y Lúculo festejaron con un triunfo en Roma sus triunfos bélicos respectivos (en Hispania y en Asia Menor), pero Craso tuvo que contentarse con una celebración menor, la ovatio u ovación pública. El triunfo se concedía por ley sólo a los vencedores en una guerra contra enemigos externos, pero no a quien sólo había derrotado a una turba de esclavos, miserables rebeldes, en tierras itálicas. Pompeyo y Craso fueron elegidos cónsules para el año siguiente.


El triunvirato con Julio Cesar y Pompeyo

En el año 59 a.C., en un momento crítico para la estabilidad política de la República romana, se confeccionó un nuevo sistema de gobierno llamado a estabilizar la situación, el Triunvirato. Básicamente, este sistema consistía en un reparto de poder, más o menos equitativo, entre los tres hombres fuertes de la República: Julio César, Pompeyo y Marco Licinio Craso. El primero, gozaba de un gran prestigio por su buen gobierno en Hispania Ulterior; Pompeyo era el líder del ejército tras su exitosa campaña en Asia y su espectacular triunfo sobre los piratas del Mediterráneo; y Craso acumulaba unas enormes riquezas sobre las que cimentaba su influencia.

Pompeyo y Craso eran encarnizados enemigos, pero César fue capaz de acercar sus posturas e idear el sistema de reparto que permitió a los tres alcanzar sus objetivos políticos. César fue elegido cónsul, con un mando de cinco años sobre la Galia Cisalpina, Iliria y Narbonense; Pompeyo, por su parte, obtuvo en el año 55 a.C. la elección como cónsul de Hispania; finalmente, Craso, fue elegido, ese mismo año, cónsul de Siria. Para afianzar más las relaciones entre el triunvirato, Pompeyo contrajo matrimonio con la hija de César, la joven Julia.primer-triunvirato-romano

Pese al reparto de poder, el triunvirato mostró prontos sus debilidades. Pompeyo se negó a salir de Roma y gobernó sus provincias por medio de legados. Esto provocó ciertos recelos entre sus dos colegas, ya que desde Roma amenazaba su posición. Por otro lado, César, emprendió la conquista de la Galia, lo que le reportó fama y un considerable botín. Craso, que veía su posición debilitada por las ambiciones de sus dos compañeros, trató de emular a César y ampliar los límites de sus territorios. ara ello, en el año 53 a.C. cruzó el Éufrates y se adentró en territorio de Partia, dispuesto a conquistar a los belicosos vecinos orientales de Roma.


La batalla de Carras

Craso salió de la provincia romana de Siria al frente de un ejército de 45.000 hombres, de los cuales, 41.000 eran infantería (siete legiones y 4.000 arqueros) y 4.000 caballería ligera gala. La infantería estaba directamente bajo su mando, mientras que la caballería era comandada por su hijo, Publio Licinio Craso. El imponente ejército romano cruzó el Éufrates, la frontera entre ambos imperios establecida cuatro décadas antes, durante el reinado de Arsaces IX Mitriades II; y se adentró en territorio parto. En las cercanías de la localidad de Carrhae, las tropas de Craso se encontraron con el ejército parto de Arsaces XIV, dirigido por el general Surena.unnamed

Surena empleó a la temible caballería parta, compuesta de veloces arqueros a caballo y catafractos, un cuerpo de élite de caballería pesada, fuertemente acorazada y armada con lanzas. Frente a este ejército, Craso dispuso el tradicional ejército romano, cimentado en la infantería, altamente disciplinada, apoyada por arqueros a pie y caballería ligera. El general parto rehusó el combate frontal, sabedor de que sus tropas no eran comparables a la formidable infantería romana, pero adoptó una táctica muy inteligente que dio grandes frutos.

Los arqueros a caballo partos se acercaron al galope a las legiones romanas, disparando una constante lluvia de flechas. Ante esto, los romanos sólo pudieron protegerse tras sus enormes escudos y esperar a que los partos llegaran al cuerpo a cuerpo. No obstante, los partos se mantuvieron a distancia, castigando continuamente a la infantería romana con sus arcos. El arco compuesto usado por los partos les permitía no sólo lanzar sus flechas a gran velocidad sino además atravesar las corazas romanas. Para mantener constante el aluvión de flechas, los partos usaron camellos para abastecer de armas a sus arqueros.131106055512642308

Craso se dio cuenta pronto que la situación era insostenible, ya que si bien las bajas entre sus filas no eran muy numerosas, lo cierto es que su ejército estaba inmovilizado y a merced del enemigo. Para romper el bloqueo, Craso ordenó a su hijo que persiguiera a los arqueros partos con la caballería ligera gala. Ante la carga de Publio Licinio Craso, los partos, grandes jinetes, fingieron la retirada para alejar a Publio del resto del ejército romano. En esta retirada, los partos cabalgaron a pleno galope mientras disparaban hacia atrás sus arcos, lo que provocó numerosas bajas entre los galos. Una vez que la caballería de Publio estaba aislada y exhausta por la persecución, Surena ordenó a los catafractos cargar contra ellos. Una vez más, se pusieron en evidencia las enormes diferencias tácticas entre ambos contendientes, ya que mientras que los romanos mantuvieron su formación cerrada, los partos evitaron el enfrentamiento y se limitaron a cabalgar en círculo alrededor de los romanos, hostigándoles y levantando una polvareda tal que provocó que los romanos no pudieran emplear sus tácticas de combate.

Mientras la caballería gala de Publio era castigada por los catafractos, los arqueros partos regresaron al galope y reanudaron su ataque sobre la infantería de Craso. El combate se hizo agotador, durante horas las legiones romanas soportaron una lluvia de flechas interminable, mientras que la aislada caballería gala trataba en vano de cargar contra los catafractos. Finalmente, las tropas de Publio fueron las primeras en ceder, vencidas por el calor, la sed y el agotamiento, acabaron aniquiladas por la caballería pesada parta. Publio cayó junto a sus hombres y su cuerpo mutilado fue expuesto ante el resto de tropas romanas. Aplastada la caballería romana, Surena lanzó a su caballería pesada contra las legiones, al tiempo que continuaba la lluvia de flechas lanzadas por los arqueros partos. Una a una las legiones de Craso fueron aniquiladas.romanos-partos

Ante el desastre Craso ordenó la retirada a Carrhae, abandonando a más de 4.000 heridos en el campo de batalla, que fueron asesinados por los partos. Con la ciudad de Carrhae sitiada, Craso trató de huir, aprovechando la costumbre parta de no luchar de noche, pero fue traicionado por su guía y conducido directamente hacia el ejército de Surena. Las tropas romanas, con Craso a la cabeza, se encontraron al amanecer frente al grueso de las tropas de Surena, el cual ofreció al general romano parlamentar. Craso acudió a la reunión, ante la imposibilidad de seguir luchando, pero fue traicionado por Surena que le capturó y ejecutó.

Tras la muerte de Craso, el ejército romano se dividió. Unos 10.000 soldados se rindieron y se entregaron a Surena, que los envió a Partia como esclavos. El resto decidió escapar a las montañas en plena noche. El cuestor Cayo Casio Longino, al mando de quinientos jinetes y 5.000 legionarios, logró llegar hasta Siria y reorganizó las defensas romanas.gy2wnyv


La leyenda de la Legión Perdida

En conexión con la batalla de Carrhae existe una leyenda, la legión perdida, cimentada en los textos de Plutarco y Plinio, según la cual, tras la muerte de Craso, 10.000 soldados romanos decidieron rendirse a los partos con la intención de salvar sus vidas. Estos soldados, convertidos en mercenarios, reaparecerían en China en el año 36 a.C.

Según Plutarco y Plinio, los 10.000 legionarios romanos que se rindieron fueron llevados como esclavos al extremo oriental de Partia, a Bactriana (Afganistán), con la intención de alejarlos lo más posible de la frontera romana y evitar así una sublevación. No obstante, algunas unidades, para evitar la esclavitud se convirtieron en mercenarios del ejército parto y fueron enviadas a Turkmenistán a luchar contra los hunos. Allí se perdió su rastro y nació la leyenda de la legión perdida.

Cuando Augusto logró firmar la paz con los partos, se estableció la devolución de los prisioneros y de los estandartes, pero para esa época ya se ignoraba que había ocurrido con los que se habían convertido en mercenarios.crassus-advance

No fue hasta mediados del siglo XX cuando se reabrió el interrogante. En 1955 el profesor estadounidense Homer Hasenpflug Dubs, afirmó que había encontrado el rastro de estos mercenarios. Según el historiador estadounidense, los soldados romanos aparecerían en las crónicas chinas de la Dinastía Han en el año 36 a.C. fecha en la que se produjo un enfrentamiento en la ciudad de Hun entre tropas chinas y un peculiar grupo de soldados que lucharían con un estilo muy similar al usado por los romanos. Para algunos, el estilo de lucha de los defensores de la ciudad de Hun supone la evidencia de que estos eran los soldados romanos convertidos en mercenarios por los partos, que lograron escapar y huyeron hacia el este, asentándose en China.

Según los seguidores de esta leyenda, los soldados romanos que lograron escapar de los partos y se establecieron en Tayikistán. Allí fueron encontrados por el general chino Gan Yanshou, que tras derrotarlos los deportó a China. El emperador les permitió asentarse en un lugar conocido como Li-Jen (nombre con el que los chinos se referían a Roma) a cambio de que protegieran las fronteras frente a los tibetanos. Recientes estudios han demostrado una cierta similitud en el ADN entre la población de esta región china y la de Europa, además, se han encontrado monedas y cerámicas de estilo romano, pero no hay que olvidar que Li-Jen estaba localizada en la Ruta de la Seda, por lo que estas evidencias podían pertenecer a mercaderes y no a los soldados perdidos.zhelaizhai03_map

La opinión mayoritaria de los investigadores es que la legión perdida no es más que un mito. Se considera poco probable que un contingente armado y numeroso de romanos pudiera vagar por territorio parto durante años sin que nadie los descubriera. Igualmente, se considera poco probable que en el caso de huir lo hubiesen hecho hacia el este en lugar de hacia el oeste, donde se encontraba Roma. Por tanto, la falta de evidencias arqueológicas y bibliográficas claras, sitúa esta historia en el terreno de la leyenda.

Oficialmente, no fue hasta el año 166 cuando China y Roma entraron en contacto, por medio de una embajada enviada por el emperador Marco Aurelio. Pese a estos contactos, las largas distancias entre ambos imperios y el tradicional aislamiento de China provocaron que los contactos no prosperasen y ambos imperios continuaran evolucionando de espaldas el uno al otro.


Bibliografía

Historia National Geograpich

Enciclonet

http://www.abc.es/cultura/20150831/abci-craso-romano-cruel-crucifico-201508281340.html

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Los Partos

Lo que las fuentes griegas y romanas denominan Partos, formaban parte de los dahes, una confederación de pueblos seminómadas que ocuparon durante mucho tiempo las estepas al este del mar Caspio. Ésta tribu atacó a mediados del siglo III a.C. a los reyes griegos de la dinastía seleucida  que se habían hecho con el poder de los territorios orientales conquistados por Alejandro Magno. Siguiendo a su rey Arsaces I, los partos conquistaron la antigua Satrapía de Partia, con cuyo nombre serán conocidos desde ese momento. Nació así una nueva dinastía, la Arsácida.

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Las legiones de Craso

El 9 de Junio del año 53 a.C. el grueso del ejército romano formado por 7 legiones, cuatro mil soldados de infantería ligera y cuatro mil caballeros, se encontró con un contingente militar parto formado por mil jinetes de caballería pesada y nueve mil arqueros a caballo. Comandaba las legiones el poderoso triunviro y aliado de Julio Cesar, Craso.


El enfrentamiento: Los Arqueros a caballo

Cuando los dos ejércitos se encontraron, Craso decidió formar un inmenso cuadrado con doce cohortes a cada lado, con su correspondiente apoyo de caballería e infantería ligera. El general pretendía que sus tropas fueran superadas por los flancos. El resto del ejército junto con el tren de avituallamiento se situaron en el interior del cuadrado. Por su parte Surena, el general Parto, decidió cambiar su plan original, que consistía en lanzar a los catrafactos con los romanos, para emplear a los jinetes arqueros.

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Éstos se dedicaron durante todo el combate a cabalgar frente a los romanos disparando sus potentes arcos compuestos, con los que podían traspasar las corazas y los escudos enemigos, mientras se mantenían fuera del alcance de los proyectiles romanos. Además los aruqeros combinaban las trayectorias con las que lanzaban sus flechas, de forma que mientras unos hacían tiros elevados para que los proyectiles cayeran desde arriba, otros apuntaban directamente a los soldados romanos. El resultado fue una lluvia de proyectiles que dificultaba terriblemente una defensa efectiva por parte de los legionarios.

En un principio los romanos soportaron el ataque con la esperanza de que los partos se quedaran sin proyectiles como era habitual. Sin embargo, el general parto había contado con esa eventualidad y por eso un contingente de mil camellos cargados con alforjas cargadas de flechas acompañaba a su ejército. De esta forma, cada vez que los jinetes vaciaban sus aljabas podían recargarlas en este depósito móvil y retornar la lucha.

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Para salir de esa dramática situación, los romanos intentaron con frecuencia acercarse a los arqueros a caballo. En este caso, los jinetes se retiraban a la vez que llevaban a cabo el famoso «Disparo Parto» a la vez que los catafractos entraban en acción y cargaban contra el contingente que se había separado del inmenso cuadrado, de tal forma que los soldados romanos eran eliminados o se veían obligados a regresar a las filas.


El Disparo Parto

Los jinetes partos eran especialista en este tipo de disparo con arco, que consistía en girarse y disparar al enemigo mientras se retiraban.

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La caballería Catafracta

En la estepa euroasiática, los nómadas sármatas iniciaron la costumbre de proteger a los jinetes y sus monturas con armaduras de cuero o cascos de caballos. Pronto, los pueblos iraníos, como los Partos, hicieron los mismo usando bronce y hierro. Los griegos llamaron a estos jinetes fuertemente protegidos «Kataphraktoi o catafractos», que significa «Totalmente cubiertos» y los romanos los bautizaron como «Clinabarii u  Hombres horno» en referencia a llevar la pesada armadura en un clima desértico. La caballería catafracta, armada con una larga lanza y espada, atacaban en formación cerrada y su sola presencia solía provocar el pánico entre sus enemigos. Las lanzas medían 3,5 metros de largo que se sujetaba con las dos manos, con el tiempo las lanzas se ataban a la silla para que el caballo absorbiera el golpe.

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Los jinetes llevaban cascos metálicos con protección para el cuello y armaduras de escamas, cota de malla o una combinación de ambas. Los brazos y las piernas se protegían con una armadura segmentada. Los caballos se protegían con escamas de bronce o de hierro, y en cabeza y cuello llevaba piezas articuladas. Se solía utilizar armadura de bronce ya que el sudor del caballo oxidaba fácilmente la de hierro.


La derrota de Craso y las legiones

De cerca de cuarenta mil soldados que cruzaron el Eufrates en busca de la gloria prometida por Craso, unos veinte mil perdieron su vida y otros diez mil cayeron prisioneros en manos de los Partos. Craso halló su muerte en esta contienda y los Partos, para burlarse de su proverbial avaricia vertieron oro fundido por su garganta.

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 Bibliografía

Historia National Geographic