De las numerosas obras de los llamados «clásicos», una de las novelas que me faltaba era la de los principales pensadores estoicos de la antigüedad: Meditaciones, de Marco Aurelio, y Manual de vida, de Epicteto. Pero ¿qué es exactamente el estoicismo? Quizás sea una de las corrientes filosóficas que más concuerda con mi forma de entender la vida y con mi personalidad; todo ello se basa en aceptar con serenidad aquello que no puedes controlar y centrar tu esfuerzo en lo que sí depende de ti: tus decisiones, tu conducta y la manera en la que afrontas las cosas y los problemas.
No consiste en no sentir emociones ni en aguantar el sufrimiento sin más, sino en no dejar que el miedo, la ira, la ansiedad o la ambición desmesurada gobiernen también tu vida. La principal idea es mantener la cabeza fría; eso no quiere decir dejar de sentir, sino no dejarte llevar por las emociones, actuar con rectitud y no derrumbarse por lo externo: la suerte, la opinión ajena, las pérdidas o los problemas. Dicho de forma llana: el estoicismo enseña a vivir con disciplina, dignidad y calma, sin que el caos de fuera te domine por dentro.

Las enseñanzas de Marco Aurelio son un buen ejemplo de ello. La inmensa mayoría de la gente no las critica y lo tiene como un ejemplo a seguir; no por ello formó parte de los llamados «Cinco Buenos Emperadores», quienes gobernaron, en general, con bastante eficacia, estabilidad política y cierta moderación, evitando en gran medida las luchas internas y las crisis graves que sí marcaron otros periodos. Una de las claves fue que no solían elegir al sucesor por sangre, sino por capacidad: adoptaban al hombre que consideraban más apto para gobernar. Algo impensable en la política de hoy en día.
Epicteto, por el contrario, no fue un gran emperador, ni siquiera dejó una obra escrita, siendo Arriano, uno de sus principales discípulos, quien recogió por escrito toda la enseñanza transmitida de forma oral por su maestro. No en vano, su nombre significa «comprado» o «adquirido como esclavo». Su nombre ya denota su condición de esclavitud desde muy joven; de su nombre original no se sabe nada, ni siquiera de su patronímico. Lo que sí se sabe es que nació en la ciudad de Hierápolis, en Frigia (actual Turquía), y fue vendido como esclavo cuando era tan solo un niño a un tal Epafrodito, que a su vez era un liberto del emperador Nerón.
El maltrato sufrido fue tal que Epicteto tenía una ostensible cojera. Una de las anécdotas más remarcadas sobre su vida fue que Epafrodito, para hacerle reconocer que el dolor es un mal, le metió una pierna en un instrumento de tortura. Epicteto no se quejó, sino que se limitó a advertirle que, si seguía ejerciendo presión, acabaría rompiéndole una pierna. Cuando, en efecto, esta se fracturó, Epicteto le comentó tranquilamente, como si no le importara nada: «¿No te decía yo que al final la ibas a romper? Ahora tienes un esclavo cojo». Otras fuentes, sin embargo, afirmaban que su cojera se debía al reuma. Independientemente de que estas historias fueran ciertas o no, siempre se caracterizó por su pobreza, su humildad y su autosuficiencia. Su vida lo llevó finalmente a conocer al emperador Adriano, antecesor de Marco Aurelio, de quien bebió su estoicismo.
Y aquí llega una de sus más famosas enseñanzas, la del «esclavo que nos enseña a ser libres»:
Merece la pena reflexionar aún por un instante, aunque pueda parecer reiterativo, en esta paradoja: el gran emperador, epítome de un albedrío totalmente carente de ataduras, acaba aprendiendo de un pobre exesclavo sin nombre, ni gloria ni bienes, cómo ser libre, y se dedica a partir de entonces a la filosofía buscando esa verdadera libertad estoica. El exesclavo, que se supone que sabe lo que es no ser libre, afirma que la auténtica libertad no es la que se da por manumisión, como la que él obtuvo, sino la que se ejerce continuamente por medio de la filosofía, y que es nuestra responsabilidad buscar siempre la verdadera libertad que confiere el estoicismo. En ambos casos, el del emperador y el esclavo, vemos que la libertad reside en desembarazarse de los bienes aparentes que las convenciones sociales, políticas o económicas nos imponen. Una cosa es lo que la sociedad cree que debemos perseguir y otra lo que la razón interior nos dice, en pos de bienes más allá de lo aparente y que solo el principio interior puede revelarnos con su acertada guía.
Acaso el propio Marco Aurelio, famoso, rico y noble, sabía que no era tan libre como hubiera deseado, sometido a la carga de la púrpura imperial, de las campañas continuas, de las intrigas cortesanas y de otras muchas obligaciones que le amenazaban. En cambio, Epicteto, cojo, humilde, anónimo y solitario, sostenía que una persona cualquiera, como él mismo, con todas sus carencias y defectos, podía ser más libre que los ricos y poderosos, y se centraba en enseñar esta lección: solo la razón nos hace libres. El éxito de las doctrinas que nos propone Epicteto reside en que fue capaz de comunicar en breves lecciones condensadas las dificultades de proceso de realización y de iluminación filosófica que propone el estoicismo.
Página 25 del libro
Estas ideas filosóficas son prácticamente impensables en las sociedades occidentales de hoy en día, en las que priman el individualismo, el consumismo y un innumerable catálogo de «-ismos» alejados de las grandes corrientes filosóficas de la antigüedad. Aunque una gran incongruencia del mundo que nos rodea es estar llenos de falsos gurús que venden las ideas del estoicismo o de gente presumiblemente culta diciendo que lee a Marco Aurelio en busca del reconocimiento público y, por otro lado, de personas en busca de una filosofía antigua que ha sobrevivido al devenir del tiempo para poder darle sentido a su vida o, simplemente, sobrellevar las penurias del siglo XXI.

Sin embargo, el estoicismo no es la única corriente con este mensaje; también se pueden encontrar ideas similares en la China imperial o en el Japón feudal. Por ejemplo, con el famoso dicho: «Si un problema tiene solución, ¿para qué te preocupas? Y si no la tiene, ¿para qué te preocupas?», se dejan entrever esos parecidos. Por eso, el libro que vas a encontrar es, parafraseando a su discípulo Arriano, «aquello más importante y principal de su filosofía, y lo más conmovedor para las almas». Este es, sin duda, un manual de vida y, tal y como tradujo Quevedo de la obra de Arriano, la vida es una comedia, Dios es el autor: a él le toca repartir los personajes y a nosotros representarlos bien:
No olvides es comedia nuestra vida
Traducción Francisco de Quevedo
Y teatro de farsa el mundo todo.
Que muda el aparato por instantes,
Y que todos en él somos farsantes:
Acuérdate que Dios, de esta comedia
De argumento tan grande y tan difuso,
Es autor que la hizo y la compuso.
Al que dio papel breve
Solo le tocó hacerle como debe;
Y al que se le dio largo
Solo el hacerle bien dejó a su cargo;
Si te mandó que hicieses
La persona de un pobre, o de un esclavo,
De un rey, o de un tullido,
Haz el papel que Dios te ha repartido.
Pues solo está a tu cuenta
Hacer con perfección tu personaje,
En obras, en acciones, en lenguaje:
Que el repartir los dichos y papeles,
La representación, o mucha o poca,
Solo al autor de la comedia toca.
VALORACIÓN: 9/10

