Desde hace mucho tiempo he tenido que dejar de lado LM III: El Asesino por falta de tiempo y de otros proyectos que tengo entre manos. Sin embargo, en mi afán de retomar la siguiente trilogía de la saga, continué investigando con el tema de los asesinos: su origen, las diferentes grupos, sectas o mitologías relacionadas, y la amplia y diversa bibliografía al respecto. Desde los Ninjas o Shinobis, que fueron maestros del sigilo y la estrategia en Japón, hasta los sicarios de la fortaleza de Masada en la época romana, que lucharon desesperadamente por la libertad o pasando por los Thuggee de la India y su culto a Kali, que incluso han influido en representaciones cinematográficas como la de Indiana Jones y el Templo Maldito, he podido acumular una gran cantidad de información y bibliografía al respecto. Este fascinante camino de descubrimiento finalmente me ha llevado a explorar no solo las técnicas y principios que guiaron a estos grupos, sino también a la etimología de la propia palabra «Asesino», lo cual me ha llevado a indagar en la historia de la fortaleza de Alamut, el legendario bastión de los Hashshashin, cuyas leyendas continúan capturando la imaginación de muchos hasta el día de hoy.
Alamut es un novela escrita en 1938 por Vladimir Bartol (1903 – 1967), un esloveno que era una minoría en su propia patria, la antigua Yugoslavia. Fue filósofo, psicólogo (introdujo en su país las obras de Freud), biólogo, historiador de religiones y un escritor que fue considerado universal por sus contemporáneos. Fue uno de los esos pensadores que puso nervioso a los dictadores de la época al ser uno de esos espíritus libres, abiertos a todo y con gran espíritu crítico. Fue de los primeros en denunciar las mentiras del nazismo y, de los pocos, en darse cuenta o decir abiertamente en la historia, que esas mentiras eran casi idénticas a las del estalinismo o las del fascismo. Ambas ideologías de corte colectivista que asolaron la Europa del siglo XX. Estas ideas lo llevaron a esconder durante años su obra, que circuló de manera casi confidencial, si no secreta. Bartol tuvo que recurrir a lo largo de toda su vida a los subterfugios más sutiles para filtrar entre líneas unas ideas que hasta hoy son tachadas de subversivas.
En su obra cumbre, se plasma la época que a Bartol le tocó vivir, sirviéndose de la novela histórica para analizar, cruel y a la vez con mucha lucidez, el terrorismo de estado del siglo XX a través del fanatismo religioso. Paradójicamente, este fanatismo ha sobrevivido mas de mil años y ha llegado hasta nuestros días con los mismos principios que plasma la novela, aunque la denuncia que Bartol hacía con Alamut era la mentira de todos los movimientos colectivistas del pasado siglo, tan iguales y semejantes que muy pocas mentes son capaces de entender y no la del fundamentalismo religioso de la fedayines de Hasan-i Sabbah.
La fortaleza de Alamut fue una ciudadela de montaña situada en el norte del actual Irán, dentro de la provincia de Qazvín. Se encuentra en la cordillera de los montes Alborz, al sur del mar Caspio y aproximadamente a unos 100 o 120 kilómetros de Teheran. La fortaleza fue levantada sobre una roca larga y estrecha que se eleva aproximadamente 180 metros sobre el terreno circundante, cerca de la actual localidad de Gazor Khan. Desde su cima se dominaban visualmente el valle, los caminos y los accesos entre las montañas. La tradición interpreta su nombre como «enseñanza del águila» o, de manera más popular, «nido del águila». Alamut no era una fortaleza aislada. El valle donde se ubicaba formaba un auténtico sistema defensivo territorial compuesto por castillos, torres de vigilancia, aldeas y caminos controlados. En el valle se han identificado alrededor de sesenta castillos, fortificaciones y puestos de vigilancia nizaríes, entre ellos Alamut, Lambesar, Maymundiz, Garmarud y Samiran.
La primera fortaleza habría sido construida hacia el año 860 por un gobernante de la dinastía justánida de Daylam. En 1090, Hasan-i Sabbah, dirigente de los nizaríes ismailíes, consiguió hacerse con el castillo. Según los relatos históricos, no lo conquistó mediante un asalto frontal: introdujo partidarios dentro de la fortaleza, obtuvo el apoyo de buena parte de la guarnición y terminó obligando a su señor a entregarla. Los nizaríes resistieron durante más de siglo y medio frente a los selyúcidas y otros enemigos. En 1256, ante la invasión mongola de Hulagu Kan, el último dirigente nizarí de Persia, Rukn al-Din Khurshah, ordenó entregar las fortalezas. Alamut se rindió y los mongoles demolieron buena parte de sus defensas. Su famosa biblioteca fue saqueada y destruida, aunque algunos manuscritos e instrumentos científicos fueron conservados.
Los nizaríes recuperaron brevemente Alamut en 1275, pero volvieron a perderla poco después. En siglos posteriores tuvo una importancia menor y durante la época safávida llegó a utilizarse como prisión. Finalmente quedó abandonada y hoy solo se conservan sus ruinas. En 2026, la UNESCO incorporó Alamut y seis fortificaciones relacionadas a su Lista del Patrimonio Mundial, reconociendo el conjunto como un sistema político, militar e intelectual adaptado magistralmente al abrupto paisaje montañoso.
Para entender el fanatismo religioso que habitó Alamut alrededor del año 1100 y los asesinos surgidos de la secta religiosa que formaron en el norte de Irán los nizaríes ismaelitas, hay que entender a grosso modo las diferentes corrientes del islam que nacieron como una disputa política sobre la sucesión de Mahoma y, con el paso de los siglos, se transformó también en una división doctrinal, jurídica y cultural:
- Sunismo: autoridad basada en la comunidad, la tradición y los primeros califas (Mayor parte del mundo musulmán).
- Chiismo: autoridad vinculada a Alí, su linaje y los imanes (Irán, Irak, Azerbaiyán y zonas del Líbano y el Golfo).
- Ibadismo: autoridad elegida por mérito y condicionada a un gobierno justo (Principalmente Omán).
Otro error común, además de no saber diferenciar las distintas corrientes religiosas del islam, es pensar que todos los árabes son musulmanes. Históricamente, el término «árabe» designaba principalmente a los pueblos originarios de Arabia. Tras las conquistas islámicas de los siglos VII y VIII, la lengua y la cultura árabes se extendieron por Oriente Próximo y el norte de África, por lo que el significado del término fue ampliándose progresivamente.
En la actualidad, «árabe» hace referencia principalmente a una identidad lingüística y cultural y, en determinados casos, también étnica. En cambio, «musulmán» designa a quien practica el islam, independientemente de su país, lengua o etnia. Por esta razón, aunque la mayoría de los árabes son musulmanes, un árabe también puede ser cristiano, judío, profesar otra religión o no ser creyente, algo que todavía resulta extraño para muchas personas hoy en día.
Pero ¿dónde tienen cabida los «nizaríes ismaelitas» en todo este entramado? Los ismaelitas son una rama concreta del islam chií. Hoy en día hay muchos creyentes del ismaelismo y su doctrina (https://the.ismaili/). Su nombre procede del séptimo imán, que identifican como Ismaíl, hijo de Ya‘far al-Sádiq. Mientras que los nizaríes son una rama muy concreta del ismaelismo y aparecieron en el año 1094 tras la muerte del califa e imán al-Mustánsir. Al producirse una disputa sucesoria entre sus hijos, los que reconocieron a Nizar como imán fueron conocidos como nizaríes. Por tanto, todos los nizaríes son ismaelitas, pero no todos los ismaelitas son nizaríes.
Puestos en contexto, y sin entrar en demasiadas explicaciones sobre las ramas del islam, muchos los consideraban una secta en el sentido de ser un grupo minoritario y apartado. Sin embargo, tal y como relata la novela de manera brillante, tenían un líder con autoridad absoluta e incuestionable; la captación no era mediante el engaño, sino que este se producía una vez dentro; se producía un aislamiento de familiares, amistades e información externa; se generaba un control sobre la conducta, el pensamiento, las emociones y las relaciones de sus creyentes; se exigía obediencia y lealtad ciega; se usaba el miedo, la culpa, las amenazas y los castigos para quienes cometieran un error o se desviaran mínimamente del camino; existían dificultades y represalias por intentar abandonar el grupo; sus miembros no tenían libertad ni derechos, tan solo las obligaciones de un devoto… No hace falta acudir a grandes sectas o gobiernos para ver adeptos. Me vienen a la cabeza varios términos, como «Llados», «cultura woke» o «política de cancelación», para comprender el fanatismo de cualquier índole y tachar de «facha» al que no piensa como el «fedayín» de turno.
Hoy en día se vive en la cultura del mediocre, en la que se prioriza la opinión sobre el pensamiento, en la que el gurú se tiene que callar ante los adeptos de la ineptitud que inundan los medios y que lo arrollan, en la que prevalece el pensamiento único sobre el pensamiento crítico, en la que se ataca al que piensa diferente, en la que muchos ignotos se abanderan bajo la tolerancia y no toleran al que no pertenece al rebaño, se ignora al que sabe y no se centran en resolver los problemas, sino en controlar el relato. Pero hay una cosa que tiene la realidad: no se puede obviar para siempre; es terca y obstinada y, al final, se acaba imponiendo. Y cuando los problemas reales nos sobrepasen, la gente no acudirá a estos fanáticos mediocres que se creen poseedores de la verdad absoluta y la autoridad moral, sino que acudirá a los gurús, a quienes saben realmente resolver el problema, aunque, por desgracia, para cuando intenten arreglarlo sea ya demasiado tarde.
Pondré dos ejemplos personales. El primero es sobre el personaje que vende una vida de ensueño e insulta al resto diciendo que son unos «fucking pobres mileuristas y con panza». Recuerdo una conversación con mi amigo Rubén en la que él comentaba, muy acertadamente, en los comienzos de Llados, que era una secta. Yo le respondía que mandar mensajes de que la gente aproveche el tiempo, haga ejercicio o deporte no eran mensajes dañinos para las personas, hasta que se empezaron a desarrollar más tarde todas las características que he mencionado antes sobre las sectas: aislamiento, manipulación, fanatismo, aprovechamiento… hasta llegar a la ruina de muchos.
El segundo ejemplo es mucho más severo, pero sutil. Lo damos por aceptado colectivamente o, mejor dicho, nos callamos por miedo al juicio social, ese que se produce sin pruebas y contra el que es muy difícil luchar, ese que está ahí y que hay que saber medir si dices algo en contra de las verdades que reinan en Internet y que no se corresponden con la realidad de la calle. Ese fanatismo rancio —sí, rancio— que impera en las redes sociales.
Recuerdo el comienzo del debate: un vídeo en un grupo de escritores. Un miembro en desacuerdo y diciendo que ese vídeo no «representaba los valores que él quería para sus hijos». Un administrador fanático que lo expulsa del grupo y amenaza al resto con hacer lo mismo e iniciar una campaña contra el que ose decir que no está de acuerdo u opina diferente. «Palmeros» sectarios diciendo que el grupo olía a rancio porque hay gente que tiene ideas «conservadoras», como si ser conservador fuera una peste y habría que hacer una purga. Y después, gente normal con la intención de compartir sus inquietudes. Personas que no hablan por miedo o para evitar problemas. No es lo mismo guardar tu marca personal que hablar por uno mismo; yo mismo entiendo la diferencia.
Y a mí, como a muchos, ese acto me pareció un atropello. El enfrentamiento y decirle al administrador del grupo que se había equivocado no gustó a los exaltados. Sin embargo, decir en público que «si no le gustaban mis opiniones me podía echar» y poner en entredicho lo que ellos mismos sabían que era una buena obra evitó que me lapidaran en sentido figurado, pues, de haberse visto con la verdad absoluta, sin duda alguna lo hubiesen hecho. Eso sí, me invitaron a abandonar el grupo por mi propia mano, ya que no era bien recibido. Nadie intervino.
Con el paso de los meses y un proyecto de cartas ambientado en la saga de los Mirdalirs, se me ocurrió presentarlo en diversos grupos y foros, uno de ellos el grupo de escritores, cuyos miembros aún guardaban su odio. De ese proyecto es sabido, y lo he explicado, cómo he utilizado la IA como herramienta para poder desarrollarlo. Aun indicando cómo lo he usado y que el proyecto no se ha realizado con IA, sino que se ha utilizado como herramienta (imagina hacer un logaritmo neperiano a mano y, después, que aparezca una calculadora y hacer el logaritmo con ella; ese ha sido el uso de la IA), surge la famosa frase de un imbécil que no entiende: «Lo ha hecho la IA», como si fuese tan fácil, se diera a un botón y surgiera la magia.
En ese momento comienza el ataque. Primero, se ponen en entredicho las novelas que he escrito a lo largo de los años, insinuando que las ha hecho la IA (todas mis novelas están escritas antes de octubre de 2022, momento en el que emergió la primera de ellas); después, insultando y atacando a la persona en un linchamiento público originado por los nuevos fascismos en aquelarres públicos de gente resentida, tóxica, destructiva, envidiosa y, en muchos casos, como se dice de forma llana, «malfolladas». Estos son los fanatismos de hoy en día.
Echo de menos en las escuelas las asignaturas de humanidades, pero no solo las culturales, sino las que fomenten el pensamiento crítico y hagan salir a la gente de sus miserias. Que el éxito deje de ser castigado, entendiendo como éxito no tener dinero, sino que te vaya bien, que la vida te trate bien, tener una familia unida, tener salud, ser bueno en tu trabajo, valorar al que es mejor que tú y aprender de los mejores que tiran del carro, para poder ser mejor persona.
Echo de menos asignaturas de lógica clásica para diferenciar correctamente un razonamiento válido de uno inválido; argumentación para defender una tesis; retórica para diferenciar entre convencer mediante razones y persuadir a través de las emociones; epistemología para preguntarse cómo saber si algo es verdad; método científico para enseñar a comprobar las afirmaciones en lugar de aceptarlas intuitivamente; la identificación de los sesgos cognitivos y heurísticos; ética; filosofía; el análisis correcto de las fuentes; pensamiento sistémico para evitar dar explicaciones simples y populistas a problemas complejos… En definitiva, a pensar por uno mismo.
Pero ¿por qué digo eso? Tal y como Hassan-i Sabbah explica en la novela a la hora de crear fedayines o fanáticos, y que no solo se aplica a fanatismos religiosos, sino a ideologías de Estado o de cualquier índole:
Ante sus preguntas, les respondí simplemente que Alá me había anunciado que atracaríamos en algún lugar de Siria y que no sucedería nada en el trayecto. Aquel “oráculo” se confirmó en el lapso de una noche y me consideraron un gran profeta. Todos deseaban convertirse en partidarios de mi doctrina. Yo estaba aterrado por aquel inesperado éxito. Reparé entonces en el poder de la fe y cuán fácil era despertarla. Basta con saber algo más que los que creen. Entonces es fácil hacer milagros. Éstos son la tierra abonada en la que germina la noble flor de la fe. De repente, todo me pareció claro. Para ejecutar mi proyecto, para trastocar el mundo, sólo necesitaba, como Arquímedes, de un modesto punto de apoyo… con tal de que fuera sólido. En adelante no necesitaba ningún honor, ninguna influencia de los poderosos de esta tierra.
Ante el asombro de sus lugartenientes, Buzrik Umid le pregunta extrañado:
—Yo no dudo en engañar al enemigo. Pero no me gusta hacerlo con mis amigos —dijo de repente Buzruk Umid, que durante todo aquel tiempo había permanecido silencioso, reflexionando en su fuero interno. Pareció que aquellas palabras se le habían escapado brutalmente.
»Si te he entendido bien, Ibn Sabbah —prosiguió—, la fuerza de nuestra institución debería fundarse en la ceguera de los fedayines que son nuestros adeptos más resueltos y más abnegados. Y que somos nosotros los que debemos arrojarlos a esa ceguera, y esto a sabiendas y con la más fría premeditación. Ardides increíbles nos permitirían obtener dicho resultado. Tus proyectos, por supuesto, son grandiosos. Pero los «medios» que empleas para llevarlos a cabo no son cualquier cosa: ¡son hombres vivos y son nuestros amigos!
Hassan responde y reconoce que, para que haya adeptos, son necesarias una cierta ceguera y una fe absoluta en unos ideales en los que no creen ni siquiera aquellos que los diseñan: desde los ayatolás de Irán hasta el presidente Trump en Estados Unidos; desde Engels o Marx en el siglo XIX hasta los dirigentes de Podemos en el siglo XXI —destacando a Pablo Iglesias—; pasando por los movimientos colectivistas del siglo XX o por Llados en las redes sociales de hoy en día:
—Pero la fuerza de toda institución reposa esencialmente en la ceguera de sus adeptos. Según su aptitud para el conocimiento, la gente ocupa un determinado lugar en este mundo. El que quiera guiarlos debe tener en cuenta la diversidad de sus capacidades. Las multitudes exigían en el pasado que los profetas hicieran milagros. Éstos debían realizarlos si querían conservar su prestigio. Mientras más bajo sea el nivel de conciencia de un grupo, mayor es la exaltación que lo mueve. Esta es la razón por la que divido a la humanidad en dos campos bien diferenciados. Por un lado, el puñado de los que saben de qué se trata; por el otro, la inmensa multitud de los que no lo saben. Los primeros están llamados a dirigir, los otros a ser dirigidos.
Los primeros hacen las veces de padres, los segundos de hijos. Los primeros saben que la verdad es inaccesible, los segundos tienden las manos hacia ella. A partir de esto, ¿qué salida les queda a aquéllos… sino alimentar a éstos con fábulas y cuentos? ¿Mentira e impostura? De acuerdo. Sin embargo, sólo la compasión los empuja a ello. Por lo demás, poco importa la intención, puesto que el engaño y la astucia le son de todos modos indispensables al que quiera llevar a las multitudes hacia un objetivo claro para él, objetivo que éstas seguirán siendo incapaces de comprender. Entonces ¿por qué no convertir ese engaño y esa impostura en una institución concertada? Me gustaría citaros el ejemplo del filósofo griego Empédocles, cuyos discípulos lo veneraron en vida como a un dios.
Cuando sintió que su postrera hora se acercaba, trepó sin decirle nada a nadie a la cumbre de un volcán y se arrojó al abismo ardiente; en efecto, les había predicho a sus fieles que un día sería milagrosamente arrancado de este mundo y conducido vivo al más allá. Pero por casualidad perdió al borde del cráter una sandalia… que lo delató. Si no hubieran encontrado la famosa sandalia, seguramente todavía el mundo creería en el dios Empédocles, que ascendió vivo al empíreo. Ahora bien, si pensamos a fondo en todo esto, es evidente que nuestro filósofo no pudo cometer semejante acto por interés, ya que ¿qué beneficio obtendría por el hecho de que sus discípulos, después de su muerte, creyeran en su ascensión a los cielos? Yo más bien veo en ello una manifestación de delicadeza por su parte: no quería decepcionar a unos fieles que creían tan firmemente en su inmortalidad. Sabía que ellos le exigían fábulas y no quiso desilusionarlos.
Pero cuando Buzruk Umid de indica que al final con lo que está jugando es ni más ni menos con sus vidas y su muerte (En muchos casos con la esperanza y la ingenuidad de la gente). Hassan explota:
—¡Escuchad! —insistió Hassan—, os había prometido una justificación filosófica detallada de mi proyecto. Intentemos antes que nada entendernos sobre lo que está ocurriendo en este momento en los jardines, a nuestros pies, y tratemos de analizar el hecho en sus partes simples. Allí tenemos a tres jóvenes que son capaces de creer que les hemos abierto las puertas del paraíso. Si se convencen verdaderamente de ello ¿qué experimentarán? ¿Os dais cuenta, amigos míos? Una felicidad de la que ningún mortal ha gozado nunca. Y disfrutarán confiadamente de ese favor único.
—Pero en lo que respecta hasta qué punto se encontrarán en ese caso en el error —observó Abu Alí riendo—, nosotros estamos mejor situados que cualquiera para saberlo…
—¡Qué importa que lo sepamos! —explotó Hassan—. ¿Sabes acaso lo que te sucederá mañana? ¿Sé acaso lo que me reserva la suerte? ¿Sabe Buzruk Umid cuándo morirá? Y, sin embargo, todo eso debe estar inscrito desde hace siglos en la composición del universo. Protágoras afirmaba que el hombre es la medida de todas las cosas.
Lo que se percibe, existe; lo que no se percibe, no existe. Los tres muchachos que están allí abajo van a conocer el paraíso y a gozar de él con toda el alma, con todo su cuerpo y todos sus sentidos. Por consiguiente, para ellos el paraíso existe. Tú, Buzruk Umid, te espantas del engaño al que arrastro a los fedayines. Al mismo tiempo olvidas que cada día somos víctimas de la ilusión de los sentidos. En esto no seré en nada inferior a ese ser problemático que se halla por encima de nosotros y que, como afirman las diferentes religiones, nos ha creado.
El hecho de que poseamos sentidos engañosos ya lo reconoció Demócrito. Para él no hay colores, dulzura ni amargor sino solamente átomos en un espacio. También Empédocles había conjeturado que todos nuestros conocimientos tienen como intermediarios a nuestros sentidos. Lo que no llega a nosotros a través de ellos sólo puede ser pensado. Si entonces nuestros sentidos nos mienten, ¿cuál puede ser en verdad la validez de nuestros conocimientos que tienen en ellos su fuente? Mirad a esos eunucos, allá, en los jardines. Les hemos confiado el cuidado de las más hermosas muchachas del lugar. Tienen los mismos ojos que nosotros, los mismos oídos, los mismos sentidos. ¡Pero ay!, una pequeña mutilación de sus cuerpos ha bastado para cambiar la representación que tienen del mundo. ¿Qué representa para ellos el perfume embriagador y la tez de una muchacha? ¿Y el contacto de un pecho firme y virginal? Sólo la sensación desagradable de tener otro cuerpo bajo las manos o una masa de carne obesa. Tal es, ya veis, la relatividad de nuestros sentidos. ¿Qué le importan a un ciego los hermosos colores de un jardín en flor? El sordo no escucha el canto del ruiseñor. El encanto de una virgen no conmueve a un eunuco. ¡Y el imbécil se burla de toda la sabiduría del mundo!
En otro pasaje del libro, Hassan habla sobre la felicidad de las personas y sobre cómo esta no radica necesariamente en conocer la verdad. Se vive más feliz en la ignorancia, y eso es un hecho. Lo que no sabes es como si no hubiera sucedido o, como me dijo una compañera de trabajo hace algún tiempo: «Lo que no aparece en las redes no ha ocurrido», que sería la versión actual de dicho.
El problema es que, si todos hiciéramos lo mismo y nos dejáramos controlar por los designios de unos pocos autoproclamados sabios, la realidad acabaría imponiéndose, como siempre, porque es terca e imparable. Si no reaccionáramos y no saliéramos de nuestra zona de confort, dejando de buscar únicamente la felicidad para comenzar a ser responsables, no conseguiríamos combatir los populismos y fanatismos que siempre han asolado a la humanidad.
Ser responsable en la vida, en el trabajo o en la familia implica, muchas veces, enfrentarse a la incomodidad, y no todo el mundo está dispuesto a hacerlo. Y no lo digo por una creencia o una religión, sino por los valores morales que todo ser humano debería tener. Valores que están por encima de cualquier ideología. ¿Cuántas atrocidades se han cometido en nombre de la Iglesia por personas sin principios y cuánto bien hizo, en cambio, Madre Teresa de Calcuta por los pobres?
La clave no está en tener una creencia, una ideología o una determinada forma de pensar, sino en poseer unos valores recios y la determinación de llevarlos a la práctica cuando sea necesario. En un proceso de bullying, marca una enorme diferencia que los iguales actúen o que, por el contrario, miren hacia otro lado.
Se puede ser feliz desde la ignorancia, pero eso no quiere decir que las maldades dejen de suceder. Por eso hay que cuestionarse las cosas: para tener la voluntad de combatirlas o cambiarlas, de reaccionar ante ellas y de actuar con honor y principios.
Así explica Hassan lo que significa la felicidad para la gente:
—…No son las cosas mismas las que nos hacen felices o desgraciados —soñaba Hassan en voz alta, mientras sus dos amigos lo observaban tendidos en sus cojines—, sino sólo la idea que tenemos de ellas, y las falsas certezas de las que nos jactamos. El avaro oculta su tesoro en algún lugar ignorado por todos: simula la pobreza en público pero en secreto goza sabiéndose rico. Un vecino descubre el escondrijo y le quita el tesoro… ¿Le impide esto al tacaño gozar de su riqueza mientras no descubra el robo? Y si la muerte lo sorprende antes de que se haya impuesto de su infortunio, lanzará el último suspiro con el dichoso sentimiento de poseer el mundo. Así ocurre con el hombre que no sabe que su amante lo engaña. Si no lo descubre, seguirá saboreando instantes exquisitos en su compañía. Supongamos ahora que su querida esposa sea la fidelidad misma, pero que sus mentirosos labios logren convencerlo de lo contrario…: sufrirá los tormentos del infierno. No son las cosas ni los hechos reales los que marcan la diferencia entre nuestra felicidad o nuestra desgracia sino sólo las representaciones que nos propone nuestra vacilante conciencia. A cada momento nos revela hasta qué punto esas representaciones son mentirosas, engañosas. Nuestra felicidad no reposa sobre nada sólido. ¡Y cuán poco justificadas son a menudo nuestras quejas! ¿Qué hay de asombroso en que el hombre sabio sea tan indiferente a una como a las otras? ¡Y que sólo los rústicos y los imbéciles puedan gozar de la felicidad!
En su fuero interno, todos estos nuevos mesías, aquellos que creen que deben dirigir al pueblo conforme a sus ideales, los guardianes de la fe y quienes se aprovechan de la esperanza de la gente saben que no son seres de luz ni dioses. Y, precisamente por eso, se atormentan en secreto: porque utilizan a las personas en su propio beneficio.
Poder, dinero, sexo… Al final, todo se reduce a cuestiones muy elementales detrás de todo el teatro y la comedia que rodean a cada fanatismo:
—Entonces ¿por qué te indignaste tanto hace un momento por haber enviado a los fedayines al paraíso? ¿No son felices? ¿Cuál puede ser la diferencia entre su felicidad y la supuesta felicidad auténtica del que se complace en ignorar las verdaderas premisas de la existencia? Yo sé lo que te molesta. Lo que te molesta es que los tres sabemos lo que ellos no saben. Sin embargo, no por eso llevan la mejor parte, una parte mejor que la mía, por ejemplo. Piensa que su placer se trocaría de inmediato en amargura si supusieran que fui yo el que los arrastró voluntariamente a esta aventura que ellos no controlan, ya que sobre todo lo que les ocurre, soy yo quien sabe más que ellos. O también si supusieran que no son más que juguetes, peones sin voluntad entre mis manos. Que no son más que medios manipulados por una voluntad superior, un espíritu superior que sigue algún plan misterioso. En cuanto a mí, amigos míos, tal sospecha, tal duda, envenena cada día mi vida. La sospecha de que pudiera haber por encima de nosotros alguien que posea en el espíritu una visión clara del universo y del lugar que ocupamos en él, que pueda saber sobre nosotros mil y una cosa que ignoramos, tal vez incluso la hora de nuestra muerte. En una palabra, todo lo que es inexorablemente inaccesible a nuestra razón. Que tal vez tenga respecto de nosotros intenciones particulares, que tal vez nos utilice con fines experimentales, que juegue con nosotros, con nuestro porvenir, con nuestra vida. Mientras nosotros, marionetas entre sus manos, nos entretenemos aquí abajo con tonterías, imaginándonos que forjamos por nosotros mismos nuestro destino. ¿Por qué son los espíritus superiores los que tratan desesperadamente de encontrar el secreto de los fenómenos naturales? ¿Por qué son justamente los sabios los que se entregan apasionadamente a la ciencia y se lanzan al descubrimiento del universo? Sin embargo, Epicuro dijo con acierto que el hombre sabio podría saborear una felicidad perfecta si no estuviera atormentado por el temor de los desconocidos fenómenos celestes y por el enigma de la muerte. Aunque saber esto no sirve de nada: este miedo no se puede ignorar; a lo más podemos, en el mejor de los casos, intentar explicarlo, es decir, superarlo en la medida de lo posible, consagrándonos a la ciencia y al estudio de la naturaleza.
En el libro, Vladimir Bartol narra de forma magistral las aventuras de los nizaríes ismaelitas y cómo se formó la secta en lo alto de las montañas iraníes, en torno a la fortaleza de Alamut. A través de la historia de los asesinos y del fundamentalismo religioso, el autor construye también una crítica a los movimientos colectivistas del siglo XX que le tocó vivir y cuyas formas de fanatismo, bajo distintos rostros, continúan presentes en la actualidad.
Si somos capaces de ver aquello que trasciende la propia novela y de ejercer la capacidad de análisis y el pensamiento crítico necesarios para comprender y juzgar aquello que al autor le tocó vivir, estaremos un paso más cerca de evitar que los populismos, las sectas y los manipuladores consigan engañarnos.
VALORACIÓN 8 / 10










