Siempre he creído que el terraplanismo pertenecía a esa clase de cosas que uno da por superadas, como determinadas enfermedades que parecían desterradas —la tosferina, cosa que viví cuando mi hija era pequeña—, la teoría de los cuatro humores, tan en boga durante el medievo, o cualquier otro tipo de superchería: cosas del pasado, ideas que la humanidad había conseguido dejar atrás gracias a la ciencia, el raciocinio y el pensamiento crítico. Sin embargo, los últimos informes PISA ponen en entredicho algunos de los conocimientos y competencias de las nuevas generaciones, y eso no es algo menor, sino bastante preocupante, porque puede contribuir a una falta de pensamiento crítico y al auge del pensamiento único, el fanatismo y una visión distorsionada de la realidad. ¿Y por qué digo esto? Porque cada vez veo más debates entre terraplanistas y… personas que jamás se habían planteado que la Tierra pudiera no ser esférica.
Multitud de vídeos muestran a expertos de cualquier campo intentando rebatir argumentos terraplanistas, tan simplistas como aparentemente contundentes. Personas con amplios conocimientos emplean un esfuerzo inconmensurable en tratar de desmontar ideas que llevan mucho tiempo refutadas desde diferentes disciplinas. Hay un dicho que dice algo así: «Desmontar una mentira requiere diez veces más esfuerzo que decirla». Son debates baldíos, con argumentos que parecen robustos y que consiguen hacer callar a cualquiera que carezca de los conocimientos necesarios para rebatirlos. Y, al final, aprendes que lo mejor para rebatir a un idiota es ponerle delante a otro idiota, aunque eso es otro tema…
Y aquí aparece el efecto Dunning-Kruger, lo que podríamos llamar, de manera coloquial, el sesgo psicológico del tonto ilustrado. Una persona con un chat al que hace preguntas, un curso de CCC o un tutorial de YouTube; es decir, alguien con pocos conocimientos sobre un tema, pero con herramientas a su alcance, puede sobrevalorar su propia capacidad precisamente porque carece de los conocimientos necesarios para reconocer sus errores. Pero lo peor no es esto, sino quienes les dan cabida. Sucede en muchos de los debates televisivos, tan de actualidad hoy en día, donde algunos participantes brillan no solo por su falta de conocimientos, sino también por la falta de respeto, la estupidez y el populismo. Se vive, como decía De la Prada, «en la era del mediocre, en la que se prioriza la opinión sobre el pensamiento», y el resultado es gente convencida de estar en posesión de la verdad absoluta, capaz de opinar, como un buen cuñado o cuñada en Nochebuena, sobre cualquier tema, mientras los verdaderos expertos guardan silencio ante unas hienas nerviosas que esperan carnaza en putrefacción.
Y, mientras tanto, en el socialismo del siglo XXI, todas las mañanas, en el antiguo territorio de los nahuas —para quien no lo sepa, eran, y siguen siendo, un conjunto de pueblos indígenas vinculados por el uso del náhuatl y por tradiciones culturales relacionadas, entre ellos los mexicas o aztecas—, desde una conferencia de varias horas retransmitida por la televisión pública mexicana, el Gobierno determina quién considera honorable, a quién señala con el dedo y qué interpretación ofrece de determinados acontecimientos, como si se tratara de aquella Iglesia del medievo, garante de la verdad. A ello se suma, a mi juicio, una utilización sistemática del relato político y, como muy bien explica el autor del libro, un discurso que responsabiliza a España de buena parte de los males históricos del país, mientras los graves problemas internos permanecen sin resolver. La retórica de «la culpa nunca es mía», utilizada para evitar responsabilizarse de la propia incompetencia o inacción, consigue que a un lado del océano se genere odio y, al otro, culpa.
Recuerdo que, dentro de uno de esos programas de debate, descubrí al escritor mejicano Juan Miguel de Zunzunegui, un divulgador y escritor controvertido, licenciado en Comunicación y maestro en Humanidades por la Universidad Anáhuac, así como doctor en Humanidades por la Universidad Latinoamericana. Cursó un posgrado de Marxismo y Materialismo Histórico en la Universidad Complutense de Madrid, se especializó en religiones monoteístas en la Universidad Hebrea de Jerusalén y en filosofía en la Universidad Iberoamericana de México. Además, cuenta con diversos diplomas relacionados con la historia. Sin embargo, según he podido averiguar y leer, no es historiador, lo cual no quiere decir que no pueda ejercer como divulgador histórico.
Y aquí es donde empieza la controversia: he escrito adrede «mejicano», con jota. Según la RAE, en el Diccionario panhispánico de dudas:
México
1. La grafía recomendada para este topónimo es México, y su pronunciación correcta, [méjiko] (no ⊗[méksiko]). También se recomienda escribir con x todos sus derivados: mexicano, mexicanismo, etc. (pron. [mejikáno], [mejikanísmo], etc.). La aparente falta de correspondencia entre grafía y pronunciación se debe a que la letra x que aparece en la forma escrita de este y otros topónimos americanos (→ Oaxaca y Texas) conserva el valor que tenía en épocas antiguas del idioma, en las que representaba el fonema que hoy corresponde a la letra j (→ x, 3). Este arcaísmo ortográfico se conservó en México y, por extensión, en el español de América, mientras que, en España, las grafías usuales hasta no hace mucho eran Méjico, mejicano, etc. Aunque son también correctas las formas con j, se recomiendan las grafías con x por ser las usadas en el propio país y, mayoritariamente, en el resto de Hispanoamérica.
Estoy de acuerdo en que las grafías tradicionales de los topónimos tienen un valor histórico que conviene conocer, especialmente cuando su pronunciación no coincide de manera evidente con su escritura. En este caso, México se pronuncia [méjiko] y no [méksiko], precisamente porque la «x» conserva un valor fonético antiguo del castellano. Pero tampoco hay que olvidar que escribir «Méjico», con jota, sigue siendo correcto, aunque actualmente la RAE recomiende la grafía con «x». Y es en este punto donde comienzan algunos fanatismos iletrados. Volvemos al Dunning-Kruger: personas corrigiendo la forma de escribir o pronunciar una palabra como si existiera una única opción admisible, cuando el debate termina mezclándose muchas veces con cuestiones identitarias, históricas o políticas que poco tienen que ver con la ortografía.
México nació en 1821 como la nación independiente de España que conocemos hoy. Hernán Cortés llegó a Tenochtitlan en 1521, una ciudad situada en una isla del lago Texcoco, donde actualmente se encuentra el centro de Ciudad de México. Cualquiera puede darse cuenta de que, durante aproximadamente trescientos años, buena parte de lo que hoy conocemos como México formó parte de Nueva España. Durante aquellos siglos se fundaron o desarrollaron algunas de sus principales ciudades, junto con acueductos, caminos, hospitales, catedrales y universidades. Se configuró una nueva sociedad y una estructura política, económica, cultural y urbana que convivió y se mezcló con las civilizaciones que ya existían antes de la llegada de los españoles. Y es precisamente de ese periodo del que habla Al día siguiente de la conquista: de todo aquello que sucedió después de 1521 y que, en demasiadas ocasiones, queda reducido a una simple nota a pie de página dentro del relato de la conquista.
Cuando Cortés arribó a la costa este de México, los aztecas llevaban apenas unas décadas como potencia dominante y mantenían sometidos a numerosos pueblos de su alrededor. Ellos mismos habían llegado y se habían asentado como conquistadores sobre pueblos establecidos anteriormente. La historia, contada y exagerada, de lo que hicieron los españoles —la llamada leyenda negra— comienza a construirse con las denuncias de fray Bartolomé de las Casas en tiempos de Carlos I; después continúa con Guillermo de Orange en Flandes, con la propaganda protestante contra la monarquía hispánica y, más tarde, con Francia e Inglaterra. Pero ¿qué se cuenta de los mexicas? ¿Alguien habla del Huey Tzompantli?
Los arqueólogos conocían desde hacía muchos años la existencia de estas truculentas estructuras formadas por cráneos. Los españoles Hernán Cortés, Bernal Díaz del Castillo y Andrés de Tapia describieron las torres de calaveras de los aztecas en sus escritos sobre la conquista de México. De Tapia dijo lo siguiente sobre el Huey Tzompantli:
Estaban frontero de esta torre sesenta o setenta vigas muy altas, hincada, desviadas de la torre cuanto un tiro de ballesta, puestas sobre un teatro grande hecho de cal y piedra, y por las gradas de él muchas cabezas de muertos pegadas con cal, y los dientes hacia afuera. Estaban de un cabo a otro de estas vigas dos torres hechas de cal y de cabezas de muertos, sin otra alguna piedra, y los dientes hacia fuera, en lo que se puede parecer, y las vigas apartadas unas de otras poco menos de una vara de medir, y desde lo alto de ellas hasta abajo puestos cuan espesor cabían en cada palo cinco cabezas de muerto ensartadas por las sienes en el dicho palo: y quien esto escribe y Gonzalo de Umbría contaron los palos que había, y multiplicando a cinco cabezas por cada palo de los que entre viga y viga estaban, como dicho he, hallamos haber ciento treinta y seis mil cabezas, sin las de las torres.
Los sacrificios humanos formaban parte de numerosos rituales religiosos mexicas. En determinadas festividades se extraían corazones y, en otras ceremonias, las víctimas podían contarse por centenares o miles. Entre los pueblos sometidos por los mexicas se encontraban los chalcas, xochimilcas, Cuitláhuac o Tláhuac, Coyoacán, los tlatelolcas, Cuauhnáhuac, Tepeaca, Cuetlaxtlan, Tochtepec, diversos pueblos totonacas, pueblos de la región de Toluca y zonas de la Mixteca y Oaxaca… Estaba también Tláloc, el dios de la lluvia, relacionado con sacrificios infantiles en los que las lágrimas de los niños formaban parte del ritual destinado a implorar la llegada de las lluvias. A ello se añadían rituales de sangre, sacrificios humanos y prácticas de autosacrificio en celebraciones como Tlacaxipehualiztli, Tóxcatl, Ochpaniztli, Xócotl Huetzi, Tepeilhuitl, Quecholli, Panquetzaliztli o Títitl. Parte de las víctimas procedían de pueblos sometidos, mientras que otras prácticas afectaban a los propios miembros de la sociedad mexica. Entonces, la pregunta debería ser otra: ¿por qué utilizamos la palabra «conquistador» únicamente para referirnos a unos y no a otros?
Después de leer diversa bibliografía sobre lo que sucedió Al día siguiente de la conquista, uno se da cuenta de cómo se simplifican o tergiversan determinadas cuestiones. Un ejemplo es la Santa Inquisición. El Tribunal del Santo Oficio se estableció formalmente en Nueva España en 1571, y los indígenas quedaron fuera de su jurisdicción por ser considerados nuevos cristianos. En cuanto a la viruela y a su impacto sobre los indígenas de Nueva España, el efecto fue devastador, aunque Nueva España no fue el único territorio americano afectado por grandes epidemias: La Española, Nueva Inglaterra, Canadá, Norteamérica, el Caribe y Sudamérica sufrieron diferentes oleadas epidémicas a lo largo de los siglos siguientes.
Existió esclavitud en Nueva España, pero también se desarrolló progresivamente un cuerpo legal destinado a limitar y finalmente prohibir la esclavitud indígena. Las Leyes de Burgos de 1512-1513 reconocieron a los indígenas como personas libres, aunque sometidas al sistema de encomienda; en 1530, Carlos V prohibió su esclavización; en 1537, mediante la bula Sublimis Deus, el papa Pablo III declaró que los indígenas eran seres humanos libres y capaces de recibir la fe y que no debían ser privados de su libertad ni de sus bienes; en 1542, las Leyes Nuevas prohibieron con carácter general la esclavitud indígena; y, en 1680, la Recopilación de Leyes de Indias consolidó el principio de que los indígenas debían ser libres y no estar sujetos a servidumbre. Sin ese desarrollo legislativo, la esclavitud indígena podría haberse perpetuado de manera semejante a lo ocurrido en otros territorios coloniales.
La colonización europea dejó episodios terribles en numerosos lugares del mundo. Las poblaciones indígenas de Canadá sufrieron una enorme catástrofe demográfica; el caso de Estados Unidos, con las reservas indias y la esclavitud negra, merece una mención aparte; los aborígenes australianos padecieron durante generaciones las consecuencias de las políticas coloniales; Portugal participó activamente en el tráfico atlántico de esclavos; Bélgica dejó una huella brutal en el Congo; y Francia recurrió también a la esclavitud en sus colonias del Caribe y del Índico. Un largo etcétera de atrocidades cometidas durante la época colonial de las grandes potencias. Sin embargo, determinados discursos concentran toda la responsabilidad de la catástrofe demográfica americana en España y llegan a hablar de decenas de millones de personas asesinadas directamente por los españoles, cifras que, por su propia magnitud, deberían analizarse con mucho más cuidado y dentro de su contexto demográfico.
Si nos vamos a los datos contrastados, vemos a un Hernán Cortés que desembarcó con unos cuatrocientos hombres, doce arcabuces, doce ballestas y algunos caballos. Parece complicado que tan solo un puñado de hombres pudiera conquistar por sí solo un territorio como Mesoamérica, con una población que se contaba por millones. El 13 de agosto de 1521, en el ejército que conquistó Tenochtitlan participaban decenas de miles de guerreros indígenas aliados, especialmente tlaxcaltecas, junto con un contingente español mucho menor. No fue simplemente llegar y conquistar. En numerosos lugares por los que pasó, Hernán Cortés negoció con los pueblos que fue encontrando; incluso Moctezuma le concedió audiencia y ambos mantuvieron contactos y negociaciones. El asalto final a la ciudad es otra historia sobre la que es mejor que el propio lector se documente.
Ya en 1821, cuando se independizó el actual México, habitaban aquel inmenso territorio unos seis millones de personas, una gran parte de ellas indígenas, mientras que los españoles nacidos en la Península constituían una minoría muy reducida; el resto estaba formado principalmente por mestizos y criollos. Durante buena parte del periodo virreinal, lenguas como el náhuatl y las diferentes lenguas mayas mantuvieron una enorme importancia junto al castellano. Y la llegada del Imperio español a las actuales Filipinas tampoco consistió simplemente en dar la vuelta al mundo, sino que se articuló durante siglos a través de Nueva España. Incluso los enfrentamientos entre españoles y guerreros japoneses forman parte de esos episodios poco conocidos de nuestra historia. Tampoco suele mencionarse que entre quienes participaron en la exploración, colonización y comunicación con aquellas islas había tanto españoles como indígenas americanos procedentes de Nueva España. Todo ello demuestra que los pueblos indígenas no desaparecieron tras la conquista, sino que continuaron formando parte, con todas sus contradicciones y desigualdades, del nuevo orden político surgido después de ella.
Quizá pueda parecer que en esta reseña comparto por completo la visión de Zunzunegui, pero tampoco es así. Que considere interesantes muchas de las cuestiones que plantea no significa que acepte sin reservas todas sus interpretaciones. A lo largo de mi vida he leído muchísima documentación para ambientar y documentar mis novelas, y una de las partes más arduas de escribir el género que escribo es precisamente la búsqueda de bibliografía y la necesidad de aprender cosas que, en otras circunstancias, jamás habría necesitado conocer. Y esa es también la historia de España, especialmente la de la España del siglo XVI. Ni siquiera se enseña con suficiente profundidad en los colegios. Grandes nombres de aquella época apenas aparecen en los estudios, ni antes ni hoy en día. Nadie enseña lo que fueron los Tercios españoles con el mismo interés con el que se explican los hoplitas griegos o las legiones romanas. La Escuela de Salamanca continúa siendo una auténtica desconocida para buena parte de nuestro país, y así suma y sigue. Desde 1997 soy lector de National Geographic y, durante todos estos años, he ido leyendo artículos sobre nuevos hallazgos relacionados con los mexicas. Parte de lo que cuenta Juan Miguel de Zunzunegui pertenece precisamente a esas historias que rara vez llegan al gran público.
Al día siguiente de la conquista no es un libro repleto de anotaciones bibliográficas, ni pretende serlo. Es una obra que intenta arrojar luz sobre una época mal conocida: lo que ocurrió después de la conquista de Tenochtitlan y durante los siglos posteriores, hasta la independencia del actual Estado mexicano. Por desgracia, cuando disminuyen la comprensión lectora, la formación histórica y la capacidad para contrastar información, también resulta más difícil desarrollar el pensamiento crítico necesario para interesarse por aquello que ocurrió realmente y cuestionar los relatos simplificados. En ese sentido, los malos resultados educativos no son un problema aislado, sino que terminan afectando a nuestra manera de comprender el pasado. Zunzunegui consigue, en muy pocas páginas, explicar de forma llana y ligera buena parte de aquellos acontecimientos y arrojar algo de luz sobre una época que continúa siendo una gran desconocida. Es una especie de iniciación para profanos en la materia, un punto de partida para quienes después quieran profundizar en este periodo de la historia.
Es un libro que ha levantado ampollas porque llevamos demasiado tiempo acostumbrados a discursos que cuentan la historia que uno quiere creer y no necesariamente toda su complejidad. Si buscas un libro con el que comenzar a adentrarte en un tema polémico y, al mismo tiempo, desconocido, como es buena parte de la historia de España en América, este puede ser un buen punto de partida. Pero no deja de ser una obra escrita desde una perspectiva concreta y, por tanto, conviene complementarla con bibliografía más especializada y con autores que defiendan interpretaciones diferentes. Ahí radica, precisamente, su mayor utilidad: no tanto en ofrecer una verdad definitiva como en despertar la curiosidad del lector y obligarlo a hacerse preguntas sobre un periodo histórico demasiado complejo para reducirlo a buenos y malos. La historia de España en América fue mucho más contradictoria, extensa y compleja de lo que permiten los relatos simplificados, vengan del lado que vengan.
VALORACIÓN 6,5/10







